lunes, 19 de marzo de 2012

Dulce María Loynaz

La princesa que no sabía llorar

 

      Sucedió a principios de los noventa. Hasta entonces la política cultural del país dividía en dos bandos a escritores y artistas: los que estaban dentro y los que estaban fuera. Y semejante fractura no solo se refería al espacio físico, sino también, al sentimiento interior de cada individuo en relación con la revolución. Pero llegaron los noventa, es decir, la caída del socialismo en el este europeo, y junto a ese hecho tan insólito y demoledor para los ideólogos de izquierda, aparecían todo tipo de teorías y preguntas sobre los métodos y dogmas de un proceso que pretendía (y aún pretende) ser el sueño más hermoso del mundo. De a poquito, en las principales revistas literarias del país como Unión y La Gaceta de Cuba comienzan a rescatarse a través de reseñas y comentarios, algunos desterrados de fuera entre los que se encontraba Dulce María Loynaz. Años antes había dispuesto, como una princesa destronada que decide salvar su orgullo, encerrarse en su propio mundo y no volver a publicar, sin entender del todo que ese retiro de forma tan irreverente y prolongada dentro de sí misma, también era una manera de estar fuera.

      Ya desde finales de los ochenta, debido a ciertas modificaciones de la política cultural, su nombre y su persona desbordan por primera vez en largo tiempo lo predios de la Academia Cubana de la Lengua (único reclusorio fuera de su casa que encontró para sentirse viva intelectualmente) y comienza a un proceso de restauración, que incluye el Premio Nacional de Literatura en1987. Pero llegaron los noventa. Se publican sus poemarios Bestiarium y Poemas náufragos, y para asombro de Cuba e Hispanoamérica el jurado del Premio Cervantes de Literatura anuncia como ganadora a una escritora que había estado en silencio durante casi tres décadas, nombrada Dulce María Loynaz.   

      Enseguida se armó el revuelo y media Habana quería visitar y entrevistar a la “vieja”, como se conocía entre los escritores. Ni los años, ni el aislamiento quebrantaron su carácter. Cuando le preguntaron cómo se sentía ante tanto reconocimiento nacional, dijo con firmeza: “Es un acto de justicia”. Son conocidas sus peleas con Gabriela Mistral y Federico García Lorca, ambos huéspedes ilustres de los Loynaz. A la primera la botó literalmente de su casa por dejarla plantada en una cena homenaje. Nunca se reconciliaron y la Chilena puso a correr a los editores con el fin de tachar la dedicatoria de su último libro en honor a la cubana. A Lorca se dedicó a parodiarlo como venganza, debido a la preferencia de este por la poesía de sus hermanos. Y una tarde se atrevió a leer los remedos en la cara del poeta. El andaluz, con la ironía que lo caracterizaba comentó: “Es lo mejor que ella ha escrito”. Tampoco lo perdonó. Lo cierto es que esta mujer, de quien dijo Miguel Barnet llevaba un látigo en una mano y una rosa en la otra, se paseó entre los grandes poetas de su tiempo. Conforma, junto a otros pocos elegidos, nuestra primera vanguardia poética del siglo veinte. Bien temprano logra asimilar la influencia romántica y modernista en sus Versos (1920-1938) para proponer su propia voz, conversación intima, a ratos alucinante, con lo oculto y lo visible, con lo extraño y lo propio, con lo bello y lo maldito. De ahí su Canto a la mujer estéril: “Tu contra lo que quiere vivir, contra la ardiente nebulosa de almas, contra la oscura miserable ansia de sombras (…) Nada vendrá de ti…” Con Poemas del agua (1947), se acentúa el elemento panteísta en su poesía, el color, el ritmo insular, que tienen su plenitud en Al Almendares: “Yo no diré que sea el más hermoso/ pero es mi río, mi país, mi sangre”. Los Poemas sin nombre (1953) agravan el registro de Dulce María, y el diálogo, antes inmediato, asume ahora en prosa una hondura metafísica, a veces con pequeños epitafios que desbordan su brevedad: “Miro siempre el sol que se va porque no sé que algo mío se lleva”. Tono que retomaría en su Melancolía de otoño (1997). Últimos días de una casa (1958) no solo es uno de sus grandes poemas, sino de los más relevantes escritos en la Isla. En Poemas náufragos (1990) está latente desde el título la intención anfibia, presente ya desde libros anteriores. Prosa y poesía se funde para dar paso a alabanzas y elegías y donde está más cerca de los Cantos del Alma, de San Juan de la Cruz que de Sor Juana Inés. Es otro Cantar de los cantares desde sus bifurcaciones, que alcanza en La novia de Lázaro el mayor rigor.  Se disfrutan otros textos en estas Poesías reeditada ahora por Letras Cubanas, ejemplo de la versatilidad de registros, como su Bestiarium (1991) de adolescencia o los Diez sonetos a Cristo, cuya versión original fue publicada en esta ciudad de Camagüey en 1921.

       Habrá que recordar a Dulce María Loynaz como la poeta mística de la rosa, del agua, del amor difícil. Símbolos que ha patentado de tal modo que resulta imposible desligarlos de su nombre. Con su talento creció la poesía en lengua española. No en balde los de la Península, que si de algo sabían era de buena poesía, no escatimaron elogios desde que aparecieran sus primeros versos. Entre sus admiradores resaltaban Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel de literatura, Gerardo Diego, y el profesor y crítico Federico de Onís. Dulce María es de esas escritoras privilegiadas que desafían el tiempo. Pasaje otorgado sobre todo por los lectores (acaso el verdadero) que agotan sus libros tras cada edición. En una de sus últimas entrevistas le pidieron que pensara en alguien y le mandara un mensaje. A sabiendas de que la ponían en una situación incómoda para su tiempo y su carácter, decidió hablarles a las poetas: “…que no vieron sus libros publicados, que no vieron sus versos de amor hechos realidad, ni vieron siquiera sus sueños de maternidad cumplidos. Para ellas, hermanas mías, más tristes y más pobres, consagro un recuerdo y estas palabras. Palabras, bien quisiera, fueran las últimas que me tocara pronunciar…”         

                                                                                                                                                                                                                                                                                               Obdulio Fenelo

 

 

Reflexiones sobre la paternidad (2)

El escritor Yoan Manuel Pico ha afirmado que la novedad de este poema que les ofrezco hoy (tomado de Diálogo sin luz, Ed. Ácana, Camagüey, 2009) consiste en tratar el tema de un aborto espontáneo por primera vez en la poesía cubana actual. Para mí es más esencial el sentido de pérdida que posee el texto. Cuando otras personas desechan la vida que Dios les da, yo he sentido esa pérdida como algo terrible. Creo que este texto es entonces sobre la vida y su posibilidad infinita. Lo escribí cuando esperábamos la llegada de nuestro segundo hijo, Pablo Ignacio, en ese tiempo me asaltaron estas preguntas sobre el segundo embarazo de mi esposa Janet María, tristemente truncado a las diez semanas. Aún no tengo todas las respuestas.

Osvaldo Gallardo

 

Lamento del dolor perdido

 

Para mi esposa

y nuestro fruto infinito.

 

Todo este tiempo sin dolor,

es el dolor.

Dolor, dolor, dolor.

Espero en el dolor.

Quiero el dolor de verte que no tuve,

el dolor de tu carne y de tu sangre,

el dolor que dio miedo.

Quiero el dolor sin nombre

de tu nombre.

 

¿Cómo ganar tu muerte?

¿Quién me dirá de tu sexo y de tu nombre?

¿Qué juegos inventar en la resurrección que espero?

Eres el ángel que dejé pasar.

Cómo saber si has vuelto a su regazo

y eres ya sustancia eterna,

lámpara de obsidiana,

monte de alianza.

 

Me falta todo de ti.

Me sobra el sitio del amor perdido,

este tiempo sin llanto,

este silencio de no poder nombrarte,

y esta felicidad culpable

de ver crecer al otro

y de esperar a la carne

que se espera.

 

De perderte no hay culpa.

Culpable soy de no llorar mi angustia

en el beso de tu cuerpo roto,

de no reconocerte en la cima del miedo,

de no llorar mi miedo con tu nombre,

de no nombrar tu nombre.

 

El hombre nace en la diestra de Dios.

¿Dónde tu diestra?

Si no en el juego de esconderte

que me hiere.

En ese nombre ausente

que me hiere.

 

Ah, esta sombra de luz,

esta certeza del perdón,

nombre sin nombre,

rostro de Dios

que no sufrí.

 

domingo, 18 de marzo de 2012

Diez relatos que estremecieron la literatura hispanoamericana (1)

El pozo de Onetti

 

Al parecer todo comenzó con Juan Carlos Onetti. Sucedió en Montevideo. Tenía entonces 30 años y se ganaba la vida como secretario de redacción del semanario Marcha. Como suele suceder en estos casos, pocos entendieron en su momento la importancia del hecho. Para Onetti no se trataba de un hallazgo espontáneo, resultado de la improvisación o la suerte, sino un acto consciente de renovación estética de cara a su tiempo, del que venía dando fe en la columna "La piedra en el charco", que escribía semanalmente bajo el seudónimo de Periquito el aguador. El pozo se publicó por la Editorial Signo en 1939, y pasó, como la mayoría de su obra hasta la década del setenta, con más penas que glorias. Eran los tiempos donde aún reinaban en Latinoamérica variantes del romanticismo, criollismo, folklorismo, positivismo... El hombre ligado a su circunstancia, a un destino nacional o político que abolía las individualidades y recalcaba lo comunitario, lo autóctono de modo colectivo, mediante personajes arquetipos, símbolos muchas veces maniqueos de clases y estratos sociales. Cómo entender entonces a este tal Eladio Linacero, espíritu libre y perverso, que desde un cuarto en un lugar cualquiera de la ciudad, suelta oprobios contra el prójimo y confiesa sin remordimiento, sin moraleja incluida ni sentido de culpa, sus más oscuros e irreverentes pensamientos.

    Me sorprende la relectura de este relato en pleno siglo veintiuno. Increíblemente no ha envejecido, por el contrario parece escrito ayer mismo. Descubrimos a un personaje difícil de encasillar, que lanza sus soliloquios a través de narraciones fragmentadas, sueños vacuos que a nadie importan, retazos de historias sin aparente sentido, aderezados con reflexiones existenciales que rozan el sexo, el amor, el comunismo, Hitler, Stalin. Todo destilando fracaso. Vericuetos que no conducen a ninguna parte. Los demás personajes, evocados sin paternalismo o nostalgia, son gente machucada por la vida o por el peso de su propio sueño perdido. Putas sin orgullo, poetas que no pasaron de ser una gran promesa, revolucionarios trasnochados que han visto pasar la vida y no la revolución. Al que haya seguido la obra de Onetti,  le será fácil descubrir en la escritura de El pozo el embrión de lo que vendría después, sobre todo de su primera gran novela La vida breve (1950) y ese extraño  cuento titulado Un sueño realizado (1951). Camino abierto que seguirán no pocos narradores en legua española hasta nuestros días. De ahí que autores como Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar y Gabriel García Márquez lo hayan tenido como primer referente de literatura moderna de este lado del Atlántico.

A estas alturas, aunque tampoco he invertido tiempo en averiguarlo, desconozco por qué el centenario del escritor Juan Carlos Onetti, homenajeado en toda Iberoamérica en el 2009, trascurrió en Cuba con una frialdad verdaderamente lamentable. Se sabe que por esta tierra ni su literatura ni su personalidad lograban encantar del todo. Ninguna de las generaciones literarias lo tuvo como luz a seguir del llamado boom. Solo algunos seguidores incondicionales (como Guillermo Vidal y Alberto Garrido, tan irreverentes como él) lo defendían a capa y espada. Fue jurado del Premio Casa de las Américas en la década del sesenta (por cierto, dicen que pidió algunas botellas de vino y se encerró por días en una habitación), y a continuación se publicaron tres de sus novelas y una Órbita, entrevistas y ensayos editados por la colección de Casa. Juntacadávares, reeditada en 1990, fue la última letra suya impresa en la isla. Luego silencio. Cierto, no era un tipo complaciente, de esos que inclinaba la cabeza ante el primer halago. Reacio a cuanto pudiera invadir y perturbar su pequeño mundo (protagonizando por tres elementos: los libros, el alcohol y las mujeres, tan sagrados como lo fueron el agua, el fuego y el aire para los antiguos filósofos presocráticos), Onetti solía ser un animal literario escurridizo, como si tuviera conciencia de que su rara especie, en vías de exterminio, debía estar siempre a la defensiva para contener la extinción. Sabemos que una cosa es el ser íntimo y otra el social. En su caso se rompe tal dicotomía: la sinceridad aquí marca obra y vida. Desde sus primeros artículos en el semanario Marcha, ya mostraba sus dotes de lengüilargo. De 1939 a 1941 escribe su columna con el objetivo de remover el piso en el que descansaba la literatura uruguaya (y latinoamericana, como se reconocerá mucho mas tarde), anterior a esa época.    

Ya en España, se dice que no creyó en su premio Nobel y se enfrentó a Camilo josé Cela. El de La familia de Pascual Duarte la había cogido con todo cuanto lo rodeaba, incluido dos escritores de valía, también renovadores en su tiempo, Julio Llamazares y Antonio Muñoz Molina. Onetti salió en su defensa y le subió la parada a Don Camilo, cosa que pocos se atrevieron a hacer. En la intimidad, cuentan los que lo conocieron de cerca, Onetti no se guardaba nada y esgrimía opiniones lo mismo con aspereza que con fino humor.

Hace poco la escritora Oneyda González me avisó que acaba de caerle en las manos una series de entrevistas a personalidades de la cultura latinoamericana, y entre ellas se encontraba Juan Carlos Onetti. Los videos resultaron ser parte de A Fondo, todo un clásico de Radiotelevisión Española. Reconozco que aquel Onetti, parco, gelatinado frente a las cámaras, casi agonizante, como un pez que han sacado a la fuerza del agua para ver cuánto resiste, no era lo que esperaba después de haber leído su literatura y recordar una vieja entrevista, en la que el escritor parecía un peleador acorralado, lanzando golpes con la intención de noquear y terminar lo antes posible el combate. En este programa de 1978, Onetti desde el primer round ya está noqueado y uno no logra saber jamás que lo sostiene en pie. Solo de vez en cuando vuelve al ruedo para apuntar alguna frase, quizás por orgullo, quizás por instinto. El presentador quiere hablar de esto y aquello, y a Onetti nada parece importarle demasiado, excepto que Cortázar deje la literatura para dedicarse a otras causas. Enciende un cigarro tras otro, bebe pequeños buches de algo trasparente, que viniendo de él uno intuye que puede ser cualquier cosa menos agua. "En realidad, ¿cómo nace ese mito geográfico, y humano y urbanístico que es Santa María?", dice el presentador. "!Ah!, esa si es una pregunta de esas…", exclama medio herido Onetti, retoma el vaso, aspira el cigarro, suelta la bocanada, y por el gesto lento y la mirada se intuye que está a punto de morir si no lo regresan pronto a su habitad natural. Finalmente da un rodeo por el Río de la Plata para salvar lo mejor que puede la situación, porque definitivamente le cuesta muchísimo hablar de su obra. Lo que acabó confirmándome que Onetti era un escritor hacía dentro. Lo externo solo funcionaba como el caldo de cultivo cocinado en su cerebro. No vi a un figurín queriendo ser más inteligente que sus libros, sino a un médium literario incapaz de salir del trance. Más adelante, hacia el final de la entrevista, por fin revela un secreto: "No sé si hablamos ayer de mi falta de disciplina. Yo no puedo ir a sentarme a la máquina, o sentarme con el lápiz de tal hora a tal hora, me es imposible hacerlo. Yo escribo cuando tengo el arranque de escribir, cuando tengo las ganas de escribir…" El entrevistador parece tomar un segundo aire. Sus ojos, antes derrotados por tanta indiferencia, brillan con semejante confesión. Entonces Onetti se anima y hasta cuenta una discusión con Vargas Llosa en un hotelucho de San Francisco sobre esto de los métodos de cada quien a la hora crear. "Mira Mario le dijo al de La ciudad y los perros con miedo a que se ofendiera lo que pasa es que tú con la literatura tienes una relación conyugal, y para mí es una relación con una amante".

 En el 2014 se cumplirán veinte años de la muerte de Juan Carlos Onetti. Estamos a tiempo en Cuba para atenuar la deuda acumulada, que no supimos saldar de una vez y por todas a propósito de su centenario.

 

Obdulio Fenelo

 

 

viernes, 16 de marzo de 2012

Reflexiones sobre la paternidad (I)

Para los lectores de este blog, si los hubiese:

Hace un mes ha sido más que errática e insuficiente mi voluntad de actualización de esta bitácora que comparto con el escritor Obdulio Fenelo, él no, él ha persistido en el empeño, pero como también la precaria conexión depende de mi voluntad ha sido el desastre. Otro triste privilegio del poder.

Me justifico. Una noticia conmovió estos días nuestra casa: el próximo advenimiento de mi cuarto hijo. Para los que conocen la realidad de Cuba saben que esta no es una noticia común, y antes de la felicidad natural aparece la incertidumbre. Pero Dios se muestra generoso otra vez con mi casa y nos envía otra de sus sonrisas para paliar las angustias del devenir. Damos gracias por eso.

Entonces, con ese entusiasmo, les comparto un texto que escribí hace doce años ante la emoción de la llegada del primer hijo. Siempre cuando trato de conversar con él, ahora que acontecen las vísperas de su adolescencia, le recuerdo que no lo quiero más que a mis otros hijos, pero que tenga en cuenta que él fue mi primer amor, y “un viejo amor ni se olvida ni se deja…”

 

Osvaldo Gallardo González

 

 

Con motivo del nacimiento de José Francisco, mi hijo

 

Camagüey, marzo de  2000

 

Querido hijo:

 

Pasará mucho tiempo antes que puedas comprender estas palabras con toda la intensidad que las escribo. Estas son las razones que ahora conducen una nueva vida para mí y que se reconoce vida entera en la misma medida en que la tuya comienza. Aún puedo decir más: Dios da a cada hombre su propio sentido; unos extenderán Su reino en los demás: los sacerdotes serán los padres espirituales de innumerables hijos, renunciarán a su derecho de poseer herencia física para darse a los hijos comunes del Padre de todos. Yo seré, desde ahora y para siempre, solamente, tu padre. Si un día compartes la naturaleza del sacerdocio sabrás más plenamente de un Amor-total, pero si estás llamado a ser “papá” esta carta también la habrás escrito tú.

Muchos grandes hombres han hecho a sus hijos una carta de despedida ante lo inminente de la muerte o quizá con la certeza de enfrentar una pronta lejanía de la que puede no volverse. Ellos fueron capaces de sacrificar algo tan preciado como la familia para darse a algún ideal sublime. Yo no soy un gran hombre, y creo que el único mérito que pueden tener mis palabras es querer ser un testimonio de Amor y el de llevar en sí el justo ruego de poder verte crecer bueno y feliz ¡Sé bienvenido, hijo!

Tú eres fruto del Amor. Y esta verdad, tantas veces escuchada, conforma una certeza absoluta en mi conciencia: Yo también soy fruto del Amor. Ahora mis padres no serán más para mí unos padres buenos, sino que serán los mejores padres: los míos.

Mamá y yo recibimos un día el matrimonio como sacramento divino; así como el bautismo tiene su confirmación; tú, en tu pequeñez, eres la renovación completa de nuestra unión. Compartimos juntos el orgullo de habernos alegrado siempre con la buena-nueva de tu llegada, a pesar de las dificultades que afrontamos ante una realidad muy temprana, para la cual todavía no estábamos preparados. Tu sonrisa, casi inconsciente, es el regalo de Dios para premiar nuestra decisión de defender la vida desde que no era más que un pequeño embrión. Papá y mamá siempre podrán mirarte a los ojos con la conciencia tranquila.

No sabes cómo envidio a mamá —ten en cuenta que hablo no de la envidia mezquina y sí de la que acontece cuando admiramos mucho la cualidad de alguien noble—. Ella te llevó en su vientre, sufrió dolor por ti y tiene todo el cariño y la paciencia del mundo para alimentarte. No puedo menos que sentirme pequeñito ante ella y su constancia. Este sentimiento también te lo debo a ti, tú me has descubierto la grandeza de mamá.

No sé cómo terminar esta carta que será la primera que recibes y la más sincera que yo haya escrito nunca. Es absolutamente para ti, eres su razón y su fin; pero quiero que me permitas compartirla con otras personas que con seguridad la podrán hacer suya y continuarla (e incluso mejorarla) en su propia vida.

Papá quiere concluir ahora; solo para comenzar a escribir contigo sus mejores palabras, no porque serán perfectas, sino porque tendrán todo el empeño y el amor del mundo para conseguirlo. Sé que he de equivocarme, también cuento con tu paciencia y perdón.

Ruego a Dios, fervientemente, para que seas un buen hombre; que la verdad guíe tus pasos y te conduzca por el camino del amor. Que la certeza de tu verdad no te haga cerrar el corazón al otro, recuerda que Dios está presente en cuanto nos rodea. Escoge siempre la humildad, no anheles el poder y de poseerlo hazlo como servidor, no como déspota. Participa honradamente en la génesis de una patria, una Iglesia y un mundo mejores; este debe ser el signo del nuevo milenio junto al cual ha comenzado tu vida. Lucha por ser un hombre libre, ejerce ese derecho, pero nunca lo hagas a costa de la libertad del otro. Que tu libertad sea la medida de tu amor.

Mi única herencia será la fe que recibiste en el bautismo y que se manifestará a su tiempo. Espera y confía en el Señor.

Te ama, en la tierra y el cielo,

Papá

 

 

 

sábado, 3 de marzo de 2012

Fenelo quemó sus naves

Quemar las naves

Tendré que aprender a convivir con un puerto en las entrañas. Allí, pegadas a las márgenes del hígado se amontonan las naves, y alguna que otra intenta la huida y encaja su proa en las paredes de mi estómago. A veces sangro, pero logro impedir a tiempo la hemorragia. Las escucho danzar entre las olas, reclamar su independencia. En las noches, cuando reposan, voy hasta la orilla del río que atraviesa la ciudad y dejo escapar un velero del siglo XVIII o un vapor de 1907. Al amanecer, todos corren a observar las misteriosas reliquias que navegan solitarias. Ignoran que me habitan, que soy el oculto proveedor de esos fantasmas.

Ayer no pude aguantarme, y un inmenso acorazado brotó delante de los ojos de mi vecina. Temo ser descubierto. La señora no podrá soportar tanta emoción y lo contará a sus amigas. De inmediato llegará a oídos de la policía y el gobierno. Querrán usarme con fines guerreristas teniendo en cuenta el ahorro de presupuesto, o quizá decidan extirparlo por temor a una epidemia. Dirán que no es bueno llevar tanta libertad dentro, qué sería del país si a todo el mundo le naciera un puerto íntimo...Ya lo he decidido, las dejaré libres, e iré quedando fragmentado en cada una de las naves. Cuando vengan por mí, sólo hallarán estos islotes sangrantes de mi hígado y un trágico naufragio.

 

El Monje

De un lado a otro, en medio de la soledad de su celda, los ojos del monje Louis buscan alguna imagen que les devuelva un poco de paz. Porque el octogenario Louis ya no alcanza a ver el Cristo desangrado que cuelga sobre su cabeza, y la ausencia del Señor en los días postreros le recuerda el final de su misión en este mundo. Durante toda la vida, nada como ese nuevo destino lo atormentó más, y aunque siempre rogó por la resurrección de la carne y la eternidad del alma, a estas alturas está convencido de que la muerte no proviene del Dios Padre, sino del maligno corruptor de lo justo. “Páter Noster”, exclama el Monje, y sus palabras rebotan en los rincones y se pierden en un eco. “Aún no estoy muerto”, piensa el anciano, y como no puede moverse, deja caer los ojos y comprueba la permanencia en su cuerpo: “Es un cuerpo viejo, mas aquí he vivido todos mis años”. El hermano Tartanio se anuncia y entra a la celda. Una luz azulosa invade la habitación y Louis agradece el color celestial a hora de la medicina. Pero Tartanio no toma el frasco que está sobre el escritorio ni reza la plegaria a los enfermos. Se arrima lentamente al lecho, se persigna, y sale deprisa. “Tartanio, Tartanio”, reclama Louis sin escuchar su voz, y busca desesperado cada parte del cuerpo, y solo quedan sus últimas palabras, como acabadas de nacer, flotando en el aire.

 

Nota: Estos dos textos pertenecen al libro de cuentos Quemar las naves, Editorial Ácana, 2002