domingo, 9 de septiembre de 2012

Un poema optimista en estos tiempos del cólera

Salmo en beneficio del amigo

 

Para todos, por supuesto

 

Dios me dijo antes de llegar:

Ve al camino.

Y su dulce destierro es mi consuelo y mi afrenta,

la ilusión que corre en la mañana por la sangre

y el íntimo desfallecer de oscuridad que amo.

Dios me dijo:

Verás la luz,

y atormentado escaparás de su entelequia.

La súplica de la derrota será el tamo para calmar tu sed.

Un albor perenne fustigará tus granos.

Ya sé todo.

Este ritmo de sordina, lo sabe.

Aquella ronda que dejé hace tiempo, lo sabe.

La mujer lejana que me espera, también.

Ya sé todo.

En el caos

escojo el sigilo de mi amigo.

Dios tiene con él mi mayor garrote.

Él guarda para mí el cimbrado de la sangre

que no acude

y la fosca maniobra de la ley.

La ley que me acusa su observancia.

La ley que es una estrella rutilante

y un manojo de sal

en esta herida de mi cuerpo.

A mi amigo lo encontré primero,

venía siempre conmigo,

venía desde lejos y lo vi.

Ya sé todo.

Prefiero esa hiladura quebradiza,

barca con frágil timonel

que lucha con las olas

del destierro de Dios.

En el caos

escojo el sigilo de mi amigo.

 

Osvaldo Gallardo González

 

(Tomado de Diálogo sin luz, Ed. Ácana, Camagüey, 2009)

 

jueves, 16 de agosto de 2012

Un texto del Premio de Cuentos Eróticos

De la felicidad y otros temores

 

Cualquiera de estos días tendré mi onomástico, cumpliré cerca de un siglo o algo parecido. Ya solo queda la muerte, mirar viejas fotos, contemplar la ventana, donde la ciudad transcurre y las horas se encienden y apagan bajo el suceder interminable de lunas y soles. El desorden violenta la reminiscencia obsoleta del cuarto. Allá la figura libertaria del abuelo (dril blanco, sombrero alón) antes de irse a la guerra del 95. A mi lado un ejemplar de la RCA Víctor, mutilado y sin color.

Me estoy quedando sordo y apenas puedo moverme. La cama es pequeña y mi sosiego, nulo. Un gato ronda entre la suciedad y el olor ácido de la habitación. En otro orden de vida sería realmente mi gato y se llamaría Charles o José, que son buenos nombres para gatos. Lo observo resignado.  Nada podrá aportarme esa imagen física. El gato salta de un lado a otro, observa las fotos, los libros, mi cara arrugada. Intenta reconocerse en un lugar al que no pertenece, porque ha perdido el ritmo y el espíritu. Finalmente ronronea dos, tres veces y se lanza al vacío de la ventana. Uno podría pensar en el suicidio de los gatos si no supiera que la caída será siempre certera. Éste, nombrado Charles o José, procura en vano autoflagelarse, desaparecer cada noche. Al día siguiente retorna deprimido y repite su ritual, cansado de ser un gato perfecto, obligado a cumplir su papel. Me gustaría saber si Dios existe, si vale la pena echar al aire una plegaria por el fin de siete vidas gatunas.

 

II

Me voy a cagar en cualquier momento. Luego estaré varias horas con un pantano entre las nalgas y mil moscas ojudas rondándome, hasta que suba la vecina del primer piso, lance gritos y maldiciones, y comience a desinfectarme en el baño con una manguera y un par de guantes manchados. Se inclinará sobre mí y yo contemplaré sus senos sin pestañear, como dos gotas gigantes desprendiéndoseles del pecho. Me secará los brazos, las piernas, tocará mis partes de hombre viejo y dolerá no poder responder con una erección que la provoque y la haga sentir mujer. La sueño a veces: viene hacia mí y su blusa de flores rojas no logra ocultarle los pechos. El tirante le rueda desde el hombro. Un lunar pequeño asoma encima del seno izquierdo. Me ayuda a levantarme de la cama y al sostenerme, siento su regazo tibio y el extraño olor a mujer. Ya estoy sentado. La espalda pegada a la pared del baño y las piernas recogidas porque no caben a todo lo largo. La vecina instala la manguera y comienza a regarme igual a un árbol viejo al que se trata de salvar. El chorro frío me hiela los huesos, pero pronto llegan sus manos para ahuyentarlo. Ha olvidado los guantes y su carne se mezcla con mi carne, y ahí están otra vez sus senos a punto de desprendérseles. El otro tirante también cae y, sin saber cómo, he puesto mis manos temblorosas sobre ellos. Voy despojándola del resto de la blusa. Aparecen dos pezones desvalidos, de un gris suave. La vecina ha dejado de regarme, empina dulcemente la cabeza hacia la luz. Cierra los ojos. Toco la punta de sus pezones como quien despierta a dos animalitos y les rasca la nariz. Deja escapar suspiros, lamentos, toma mi mano y la rueda por el vientre hasta penetrar sus piernas. Se estremece. La acaricio. Siento la humedad de los labios marginales. Toma mi cabeza y mi lengua rueda por sus muslos blanquísimos. No puedo contener las ganas de llorar cuando exige con voz trémula que ya es hora, “no puedo más”. Mis dedos se agitan inútiles, ya lloro, y ella continúa haciéndose un último favor. Se va apagando. Me inclino, la beso. Trato de abrazarla, protegerla, y ella se pierde, se pierde, se pierde...

La conozco hace veinte años y he olvidado si alguna vez la amé. Pudiera proclamar, si realmente existiera la felicidad, una frase conmovedora: no he sido feliz, pero la felicidad la inventamos, como soñamos El Dorado y la vida en otro planeta, es el intento por salvarnos en fragmentos que escapan y perecen misteriosamente, el animarnos a construir utopías de infinitos rostros y constelaciones. ¿Quién ha tocado la verdadera felicidad? A estas alturas del vivir cualquier divagación puede tornarse, cuando menos, obscenidades de la senectud. Diría entonces que entiendo por felicidad todo lo vedado a mi tiempo humano, lo que siempre está por suceder. En este punto muerte y felicidad se funde en una variante divina: el temor. El temor es el rostro de mi felicidad, el olor de mi muerte. “Mi alma está triste hasta la muerte”, dijo Cristo a sus discípulos.

 

III

Me asusta pensar cosas inconclusas. Pudiera acogerme a la interpretación humana que revelaría como felicidad dos imágenes aburridas: un gato llamado Charles o José y los senos de la vecina. No, esto tampoco serviría. Quizá ya esté muerto y sea feliz sin comprenderlo. Comenzaré a preocuparme cuando no pueda cagar a mi antojo. Charles (o José) gusta de la atmósfera alucinante y pestilente. Lo olfatea todo y pasa la lengua por mi cara y mi miembro muerto. Qué más espero de la vida: nada. De la muerte: el temor. Del correo: solo olvido. Antes llegaban telegramas  y tarjetas que resumían invariablemente: FELICIDADES EN SU CUMPLEAÑOS LE DESEA ESTE COLECTIVO A QUIEN FUERA UNO DE NUESTROS TRABAJADORES MODELOS. CORREO CENTRAL. Pura falsedad. Eran palabras del fiel Rubén, lo confirma su muerte. Desde entonces, silencio, la duda, el aceptar que existir para los otros de repente se vuelve importante, cuando ya no importa existir por uno mismo.

 

IV

Mañana, tal vez, suba la enfermera del barrio a visitarme. Fingirá una sonrisa y varios chistes que me negaré a celebrar. Me pondrá un aparato de patas y ojos sobre el brazo derecho, lo inflará como un globo y dirá que enterraré a medio vecindario. La enfermera es fea, aunque sostiene dos senos medianos, de enormes pezones escondidos tras la bata blanca. La enfermera me odia. Por lo general la gente odia a los viejos. Suponen que nacimos así, con miles de arrugas amontonadas, las orejas largas y mudas y estas manchas en la piel. La vecina también me odia, aunque de forma distinta, sincera, que no logra la enfermera en sus malas actuaciones de mujer sensible y simpática. En ocasiones se esfuerza y por momentos logra matices de veracidad. El cuarto huele infernal, a Charles (o José) y a mí nos gusta, pero las dos almas femeninas lo detestan, son escandalosamente arrítmicas y perfumadas. Me gustaría devolverles el odio, si no fuera por los senos que delatan a otras mujeres ocultas detrás de sus ridículas fachadas. Frase histórica: “Denme dos tetas y moveré el mundo”.

 

V

Cagar, cagarme: purificación del alma. “Golpeo mi cuerpo y lo pongo en servidumbre”, 1ra de Corintios, Capítulo 9, versículo 27. Del insulto al prójimo (creen algunos) nace la verdadera liberación. No sé si valdría la pena, pero como he perdido el interés por el temor (o sea, la felicidad), me complazco en liberarme (o sea, cagar), lo que los demás llamarían (la Vecinaenfermera) la forma más animal del insulto.

 

VI

He comenzado a sospechar que ya estoy muerto. Quiero cagar y solo me salen palabras. Las palabras traicionan. Uno puede hablar sin escucharse, mentir con la verdad, convencer con la mentira. Le pregunté a Charles (o José) qué cree del asunto. Con él no necesito enredarme en fonemas y morfemas. Estuvimos de acuerdo. Lo supe por la sonrisa, antes de lanzarse por la ventana. Las risas de los gatos es silente como la de Charlot o Stan Laurel. Son los únicos mamíferos capaces de disfrutar un buen chiste con dignidad intelectual. Mi pregunta le pareció graciosa, se lamió los bigotes y enseñó sus bellos caninos. Creo que realmente le agrado. Quizá, en vez de un gato, tengamos una gata nombrada Karla o Josefa, que igual serían buenos nombres para gatas. No alcanzará el tiempo para comprobarlo y él se negará a hablar de su vida sexual.

 

VII

En realidad, he olvidado mi fecha de cumpleaños, y aquí, en este rincón olvidado de la ciudad, hace mucho tiempo que no pasa nada, ni Charles (o José), ni los senos de la Vecina enfermera, ni ganas de cagarme. He comenzado a sospechar que soy inmortal y el mundo gira eterno ante mis ojos. Soy el dios de lo inefable, la inmundicia, el sintemor. Aquí ya no pasa nada, solos mis ojos pegados al paisaje de la ventana, inventando otros temores, el miedo, la locura.

Obdulio Fenelo Noda

 

 

miércoles, 1 de agosto de 2012

Instrucciones para morir en invierno


X
Siempre sucede. Al anochecer, cuando me gusta caminar por Independencia y celebrar sus balconcitos barrocos, una mujer me persigue. Su paso marca cierta cadencia antigua (el aroma coqueta), hasta detenerme de golpe en la esquina más próxima, como quien teme girar y reconocer un rostro acostumbrado y horrible. Reanudada la marcha, escucho a mis espaldas la estampida de un ave, mil voces de geishas, el sonido ronco de la respiración ancestral. Solo en el callejón de Andrade (el que divide la ciudad en dos géneros distintos de miserias) el acertijo se rompe. Algo se libera sobre los hombros, y después del grito majestuoso que, imagino, solo yo escucho, la luz del día o la noche recupera el encanto. Regreso atontado, libre, convencido de que en Independencia, alguien se empeña en mostrarme el paso serio de la muerte.
XI
Hora es esta de refugiarme en cualquier parte (dentro del baúl de trastos viejos o en el vientre seco de mi madre) a fin de reducirme a ese espacio encantado y forzar el nuevo nacimiento. Regreso al misterio del encierro, metáfora angustiosa de la existencia que continúa fascinándome. Qué libertad no guarda algo de farsa, qué encierro no esconde su porción de libertad. Nunca se acaba de nacer: el vientre materno nos lanza al monstruo social, al circo del mundo, y la vida se va armando de sucesivos abortos, pequeñas necesidades impuestas por aquello tramado fuera de nosotros, presto a provocarnos ocultamente la sinuosidad de alegrías y nostalgias, de las que solo es posible salvarse abriendo un orificio doloroso dentro de uno mismo, para mirarse descarnadamente y marchar un buen día, a planear la escapada cuerpo adentro.
XII
Aquí, en esta ciudad, Dios se acostumbra a los hombres. La brisa de las mañanas a la pesada calidez de las tardes, y la lluvia dominguera prepara su banquete. No queda otro remedio que salir a mezclarse con los adoquines y las fachadas inquietas. Asomarse a la casa del ilustre Atanasio, zapatero cortesano, quien brinda una sonrisa reciente y anuncia: El mundo se vendrá abajo, tanta agua no puede caber en la tierra. Me invitará a un rincón de su guarida, donde esconde el cofrecito de cedro blanco: Son los zapatos de Luis XIV, el rey sol, dirá el ilustre Atanasio y la felicidad le saldrá por las pupilas. Compartiremos el cigarro, el trago amargo, las mismas historias de hace diez años. Regresaré antes que la lluvia cerque los portales. Atanasio quedará en la acera, colocando minuciosamente sus zapatos para que toda el agua del cielo los inunde. Al día siguiente, volverá a sus labores: recortar montones de periódicos viejos, para calzar a la ciudad con las noticias del mundo.
Obdulio Fenelo

viernes, 27 de julio de 2012

Un muerto querido e innombrable...

Recuerdo al negro Piro en Vertientes, a principios de la década de los 90, que me decía Oswaldo Payá; y lo hacía ruidosamente en la calle para llamar mi atención. La broma vendría supongo de la similitud con mi nombre. Mantuvo la costumbre de saludarme así hasta que ya senil no me conoció. Gracias a él supe quién era este católico de vocación inefable. Años después  vi a Oswaldo en una de esas misas multitudinarias que el “destape” de la fe propició en Cuba. No lo conocí nunca; he oído hablar a amigos suyos de su familia y de Rosa María, la hija, con la que he compartido algún espacio, pero también sin conocernos. No tengo su vocación, pero sí tengo familia y el mismo amor por Cuba.

 

La noticia de su muerte me dejó perplejo e inquieto, inmediatamente recordé la canción interpretada por Serrat, no sé si la letra es suya: “Escapad gente tierna, que esta tierra está enferma, y no esperes mañana lo que no te dio ayer, que no hay nada que hacer… y si te toca morir es mejor junto al mar”.

 

Osvaldo Gallardo

sábado, 7 de julio de 2012

A propósito del Ahmel Echevarría y el Ítalo Calvino

De premios, novelas y novísimos

 

Ahmel Echevarría acaba de ganar el concurso Ítalo Calvino de novela, y el hecho, teniendo en cuenta la juventud del autor, no deja de sorprender. El Ítalo es de los premios más cotizados en el país, pues además de la remuneración en pesos cubanos convertibles (CUC) incluía (no sé si se mantiene con esto de la crisis en la zona euro) un viaje promocional a Italia, todo bajo el auspicio de la Fundación ARCI, y ya sabemos las moscas extraliterarias que pueden rondar y hacer apestar este tipo de pasteles. Considero a Ahmel un escritor serio, trabajador, que no parece tener la premura artística de muchos de sus contemporáneos, por la tanto las preguntas que me provoca la noticia nada tienen que ver con la calidad literaria del premiado, sino con las expectativa cumplidas a medias de una generación.

Llama la atención que gran parte de los últimos premios de novela hayan recaídos en escritores anteriores o posteriores al nacimientos de los llamados “novísimos”. Traigo a colación la referencia a los “ahijados” de Redonet  (no todos estuvieron en su famosa selección Los últimos serán los primeros), porque pensé que a estas alturas estarían dominando el panorama novelístico cubano, como lograron hacerlo con la cuentística a todo los niveles. Sin embargo, tengo la impresión de que no ha sido así. Estos autores están en una edad ideal para el género (entre los cuarenta y los cincuenta años), en plena madurez narrativa, y cuando hecho la ojeada a vuelo de pájaro sobre el currículo de la mayoría de ellos, la novela se resiste. Pocos sobrepasan las dos novelas, y algunos no han podido superar ni cualitativa ni cuantitativamente su primera obra. Por la poca información que llega, parece ser que los más prolíferos del grupo están fuera de Cuba (¿Amir Valle? ¿José Manuel Prieto? ¿Ronaldo Menéndez? ¿Karla Suárez?), lo que no quiere decir que sean los más talentosos, aunque haya casos donde pudieran coincidir ambas cosas. Las exigencias de un mercado que prioriza la novela sobre otros géneros seguro condiciona bastante, pero no estoy seguro que sea la principal causa. Ena Lucía Portela, la más joven de todos, es la rara avis del panorama nacional: con cuarenta años tiene cuatro. Sin dudas, el problema merece un análisis más profundo que supere este insípido comentario. Veremos si me animo más adelante o alguien me calla la boca para siempre.   

Obdulio Fenelo